El enigma de Guillermo Tell, Salvador Dalí

¡Esconded ese trasero anamórfico que soy incapaz de mirar!

Este cuadro que muestra a Lenin arrodillado, descamisado, y con el trasero muy deformado, fue el motivo por el que André Breton, -famoso también por sus excomuniones-, formase un tribunal surrealista… para excomulgar a Salvador Dalí. El enigma de Guillermo Tell se expuso en el Salón de los Independientes y fue considerado como una gran afrenta a la causa revolucionaria…. A Breton le pareció este trasero imperdonable, por lo que se dirigió al Grand Palais con la idea de desgarrar, sirviéndose de su bastón, la tela atentatoria… pero Dalí, la colocó en un lugar muy alto y no pudieron.

Así pues, “el pintor recibió una convocatoria para que se presentara el lunes 5 de febrero a las 21 horas en el taller de arte donde vive Breton, en el número 42 de la calle Fontaine.

“Orden del día: Habiendo encontrado culpable a Dalí, en diversas ocasiones, de actos contrarrevolucionarios tendentes a la glorificación del fascismo hitleriano, los abajos firmantes -a pesar de su declaración del 25 de enero- proponen excluirle del surrealismo como elemento fascista y combatirle con todos los medios”. El 25 de enero Dalí había hecho propósito de enmienda, pero ahora, con este trasero anamórfico, ¡ya es demasiado! Los firmantes eran, además de Breton, Brauner, Ernst, Hérold, Hugnet, Oppenheim, Péret y Tanguy.

A la hora de la cuestión, Dalí hizo su entrada vestido con un amplio gabán de piel de camello en el que flotaba su cuerpo, los zapatos sin cordones, un termómetro bajo la lengua y precedido por su esposa Gala. Todos estaban allí. Breton abrió la sesión y expuso sus cargos contra Dalí, que tan pronto replicaba con astucia, se hacía el sorprendido, astutamente perdía un zapato, se irritaba e invocaba el credo surrealista, antes de sacar de su bolsillo un largo discurso escrito a primera hora de la tarde y cuya lectura confió a uno de los participantes que no llevaba “termómetro” bajo la lengua.

Pero escuchemos a Georges Hugnet, uno de los firmantes del acta de acusación: “En el irracional almacén de accesorios de su mitología, Dalí se empeña en agitar desordonadamente la vieja nodriza hitleriana, el canibalismo de los objetos, el gran masturbador, la costilla de cordero y la langosta cuya disposición de la carne en relación con el hueso establece sorpendentemente contradicciones, la suculencia del seno hitleriano perforado por no sé qué alfiler de nodriza que simboliza los recuerdos de infancia, la exquisitez de las carnes blandas y del bigote de Hitler, su foto descifrada en un plato de huevos… “

Después, en nombre del surrealismo, aprobó las persecuciones hitlerianas, glorificó la mortandad en Sade, el gusto por el horror impulsado hasta lo fantástico en Lautréamont. Suplicando a los asistentes que fueran consecuentes con ellos mismos, y presentando a Hitler como una especie de genial Cecil B. de Mille de la masacre.

Vestido de verde, Breton recorría a grandes zancadas su taller ante sus amigos, ansiosos por escucharle. Por vez primera, quizá se hallaba ante un surrealista que iba hasta el fin de sus principios, y las circunstancias exigían que se enfrentase a él par impedirle ir más lejos. Con la pipa en ristre, los labios contraídos, la palabra untuosa y cortada, tradujo brutalmente los sentimientos de angustia y de cólera que animaban la asamblea. Su lucidez vaciló y su marxismo tembló sobre su base. Sin embargo, volviendo al trasero de Lenin, esperaba hacer admitir a Dalí su traición política.

Pero el artista respondió que en su cuadro había hecho un acto de surrealismo total al pintar sus sueños con extrema minucia y la más escrupulosa exactitud: “Es lo mismo, mi querido Breton, que si yo soñase hoy que estoy con usted en una posición amorosa, mañana por la mañana no dudaría en pintar esta escena con todos sus detalles”. Esto era ya demasiado, Breton, con dos dedos en el aire en actitud episcopal debió mascar esta respuesta, medio adulado, medio enojado: “¡No os lo aconsejo querido amigo!”

Otra vez es Georges Hugnet quien describe los hechos. Acalorado, Dalí se había quitado ya su gabán y su chaqueta. Lucía ahora un chandal que le engordaba anormalmente. Con el mechón de cabeza agitándose, tropezando todavía con sus zapatos sin atar, se quitó primero un chandal, después un segundo, luego un tercero… luego un séptimo, que arrojó a los pies de Breton. Todo ello antes de con el torso desnudo y con la rodilla en tierra buscara su mano para besarla y pedirle perdón.

(continuará)

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