Pedro Calderón Luengo

Santander, una ciudad tan bonita y algo adormecida.. abrazada por el mar cuando está tranquilo y cuando está furioso… da una familia singular: los Calderón.

Calderón es un apellido sonoro, fuerte, grave, viril, montañés… tiene algo que no deja indiferente cuando se escucha. Es un golpe de mar. Es la fuerza de  la rompiente de una ola contra las rocas. Son las gaviotas que nos recuerdan su existencia: libres, planeando sobre esa brisa que nos perfuma con su salitre… Calderón es el eco en piedra que se escucha en una solitaria tarde de invierno por las viejas callejas de Santillana.

Plinio o Estrabón… no recuerdo quién, se quejaba de que por las venas de los cántabros circulaba el hierro. Pero hay algo más, algo misterioso, que subyace… que está escondido , adormecido a veces, en esa belleza a la que nos acostumbra la Bahía con su serenidad.

Sí, es un “furor” cómo diría Pollaiolo. Es la natura naturans, “nature in the active sense”… o para que nos entendamos: la fuerza creadora. Algo mágico, escondido tras ese “ON” tan sonoro como el sonido de un “bong” en un templo tibetano.

Ignoro si esta familia de artistas del siglo XX- XXI procede de aquel que nos dijo que la vida es sueño. Pero da igual. No me importa. Así pues, ¡qué más da ahora el pasado! En este apellido se imbrican el sueño de la vida con su fuerza creadora: el Arte.

Here you are!  Voilà! Los Calderón. ¿Qué fluye por su sangre que les hace crear de una manera tan incesante?

Por sus venas no sólo circula hierro, como decían los romanos cuando hablaban de los cántabros… Tampoco es el susurro de un riachuelo pues, cuando suena, nos hace temblar. Es un torrente que no para, que resuena a lo lejos…allá en las montañas o en el faro, en un día infernal.

¿Qué tienen los Calderón? Músico, Juan Carlos. Pintor, Fernando. Ramón, músico, pintor y escultor. Pedro, pintor, escultor y esteta. Bruna, pintora y actriz y su hijo, pianista. Fernando Cobo Calderón, escultor. Luis Cobo Calderón, escritor. ¿Sigo? La joven pianista Teresa Escalera, nieta de Juan Carlos…

Todos de un mismo tronco.

Un árbol fuerte, con profundas raíces y excelentes frutos. ¿Hay alguien que ayer durante la inauguración tan espectacular se le ocurriese, al escuchar al hijo de Bruna tocar el piano, cómo es posible que esto ocurra?

¿Habrá algún cromosoma especial en esta secuencia genética llamada los Calderón que se les haya escapado a la Fundación Anomalía? Barcos, zeppelins, ovnis, perros, mujeres con niño, Bette Davis, el logotipo del FIS, música…

Atrás quedan unos tiempos, que yo no conocí, cuando se podía escuchar jazz en el Drink Club.

Mucho antes de que este club naciera, Santander se recomponía de sus últimas cenizas del 41. Un terrorífico viento sur avivó un gran incendio que devoró casi toda la ciudad… era la época en que a los extranjeros se les despiojaban en la isla de Ellis, en la bahía de Nueva York bañada por el rio Hudson. Mi padre, entró en Nueva York por mar. Vio aquellos edificios y lloró. Lloró de emoción al ver un mundo tan diferente del Santander que conocía… destrozado, provinciano, pequeño… tal vez no muy propicio para el arte,  cuando era absolutamente necesario salir al exterior pero que no pudo con el talento de esta familia de artistas.

Todavía guardo su billete de ascensor para el Empire State. Algún día lo utilizaré y contaré también sus aventuras… soy hija de un aventurero.

De momento, es el tiempo de “Calderón inaudito”, una exposición de más de ochenta obras de toda una familia dedicada al mundo del Arte, con pasión… ¡como hay que hacer las cosas! Lástima que no haya imágenes para poder compartir, es necesario acercarse a Santander y verla.

Bruna Calderón